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jueves, 2 de junio de 2011

Los viajes de Sir John Scott II





Sir John Scott, ese mismo inglés que hace aproximadamente un año pisó por primera vez suelo uruguayo, llegó nuevamente a nuestro país el pasado martes por la tarde. Una vez que hubo finalizado la reunión de negocios que fue motivo original de su viaje, luego de una larga ducha en su habitación y tras haberse puesto ropa más cómoda, decidió salir a caminar por los alrededores de su hotel como hace de costumbre.

Pocitos es un barrio sumamente cotizado, donde como bien pudo apreciar el angloparlante, el nivel promedio socioeconómico supera la media del país. Pese a estar acostumbrado al frío, no pudo evitar el arrepentimiento de no haber salido con al menos una bufanda de lana. Y así fue Sir John Scott adentrándose por las calles grises y sinuosas del lugar, y poco a poco observó como los lujosos edificios daban paso a casas no tan doradas pero de un gusto para nada inferior.

El ladrido de un labrador negro lo detuvo a mitad de cuadra, y al mirar al jardín de una casa que parecía abandonada lo vio. Allí estaba el sabueso, acostado con la cabeza en alto mirando a nuestro visitante. A su lado, en una silla de mimbre, sentado estaba un veterano de pelo gris, barba de dos días y botas de cuero.

Fue otro objeto, sin embargo, que llamó profundamente su atención; ahí estaba nuevamente aquel cáliz de lo que parecía ser madera, lleno de una hierba verde y con una especie de artilugio alargado de plata que, por lo que pudo apreciar en su visita anterior al Uruguay, servía para succionar en grupo la infusión resultante de echar agua caliente dentro del cáliz. Allí estaba el mate.

–¿Puedo ayudarlo, caballero? –dijo el veterano con un tono sumamente educado.

–Disculpe, no fue mi intención molestarlo… –respondió Sir John con su español impregnado de acento europeo.

–Descuide. ¿Está perdido? –preguntó el hombre al notar el acento gringo de su interlocutor.

–Estoy recorriendo el barrio. Me llamó la atención ver cómo la mayoría de las personas por aquí toman ese té casi a diario.

–Lo llamamos “mate”. Es una tradición de nuestro país.

I see… –dijo el inglés. –Le molestaría…

–En absoluto –dijo el veterano. –Pase a gusto.

Y así lo hizo Sir John Scott. Vio que el perro había vuelto a apoyar su cabeza sobre sus patas y esto le dio confianza. Cuando llegó al lado del hombre lo saludó con la mano, y pudo casi al instante sentir la piel áspera de la misma.

–Tome asiento, siéntase a gusto. ¿Es usted de Norteamérica?

–Soy inglés. Londinense, para ser más exactos… Sir John Scott, encantado –se presentó con el orgullo que le confería su título de noble.

–Raúl, a las órdenes –dijo el hombre con sencillez.

–Sabe –empezó el inglés, –nosotros también tenemos una tradición muy similar en nuestro país. A diferencia de su “mate”, nosotros tomamos el té, aunque de forma individual. He visto que ustedes lo comparten, pero aún no he entendido por qué es tan popular.

Sir John vio como la expresión en la cara de Raúl se tornaba más seria, similar a la de un maestro cuando el mejor alumno de su clase le hace la exacta pregunta que esperaba obtener. El hombre del pelo gris tomó el mate con ambas manos y lo acercó a su nuevo amigo.

–El mate –comenzó, –ha estado entre nosotros por muchísimas generaciones. Los indios que habitaban nuestra región veían en él propiedades mágicas, tanto que a menudo se hablaba, y aún se habla, del espíritu del mate –. Raúl hizo una breve pausa y acomodó el artefacto de succión inmerso en la hierba verde. –Esto se llama “bombilla”, y la hierba verde es en realidad “yerba”.

Sherbah –repitió Sir John.

–Exacto. El mate es mucho más que un té, compañero –continuó Raúl. –El mate es una propuesta, una invitación. Cuando se ofrece un mate que preparó uno mismo, no sólo se ofrece el mate sino que también se comparte el espíritu –decía mientras vertía el agua caliente cerca de la bombilla. –Cuando uno ceba el mate el mundo se detiene –. La voz del hombre era lenta y profunda. –A medida que se llena el mate de agua y el vapor emana de la yerba caliente, la expectativa crece y se genera una promesa implícita. Darle un mate a un amigo es como invitarlo a entrar en nuestra casa. Y los demás, los que allí se encuentran reunidos, rara vez pueden evitar contemplar la escena con admiración, más aún si se trata de un buen cebador. No importa cuántas veces lo haya visto uno a lo largo de los años, ni cuántas veces hayamos tomado un mate en lo que va del día, ver cebar un mate reconforta el alma del mismo modo que lo hacen las brasas de una estufa a leña encendida en una tarde de invierno. No son pocos los que incluso sienten un ligero chucho de frío…

Sir John Scott escuchaba atónito las palabras de quien para él acababa de convertirse en uno de los hombres más sabios de la historia. Tenía la piel de gallina.

–Nuestros niños desde pequeños y de forma casi inconsciente aprenden a respetar el silencio del momento del mate. Dentro de nuestros corazones, todos sentimos el espíritu de estas tierras que alguna vez fueron charrúas, y cuando se entrega un mate al compañero y él se lleva la bombilla a los labios… –Raúl le pasó su mate al inglés y éste lo tomó. Conteniendo el aire en sus pulmones y lentamente, sin quitar los ojos de la espuma en la yerba verde, Sir John Scott sorbió el agua hasta que los mismos sonidos del mate le avisaron que era hora de detenerse.

–Cuando uno se lleva la bombilla a los labios y toma el mate, esa energía contenida dentro del Santo Grial de los uruguayos nos invade y nos calienta las entrañas. Entonces, cuando finalmente se devuelve el mate al cebador –como bien hizo el inglés –se completa el círculo y se tiene una verdadera comunión. Y lo que el mate une en una rueda de hermanos, Sir John Scott, unido queda…

Al cabo de tres días, ya sentado en el balcón de su apartamento de estilo victoriano con vista a los Jardines de Kensington, Sir John Scott cebó su primer mate solitario a las cinco en punto de la tarde. Y desde ese mismo instante, se prometió a sí mismo en nombre de la Reina, y con su labrador negro a sus pies como único testigo, que nunca más volvería a tomar té.

Salvo que fuera Twinings

lunes, 16 de mayo de 2011

Probabilidades...


CASI NUNCA el miedo a lo incierto nos dejará alguna enseñanza que valga la pena.

MUY DE VEZ EN CUANDO cocinar para uno sabrá mejor que cocinar para dos.

RARA SERÁ LA OCASIÓN en que querrá uno mirarse al espejo y verse tal cual es.

ALGUNAS VECES las cosas que realmente nos apasionan cambiarán con el paso de los años.

FRECUENTEMENTE un libro será un excelente regalo.

CASI SIEMPRE un viaje se convertirá en la mejor de las inversiones.

Pero ETERNAMENTE, y por los siglos de los siglos, la rutina permanecerá como la fiel y silenciosa cómplice de los verdaderamente enamorados…

jueves, 30 de diciembre de 2010

Nuevo día


Abre las cortinas y que entre el sol de la mañana

que barra el aire viciado de la noche oscura y fría

que se escurran por ventanas los cantares de las aves

e inunden la casa vieja de fresca melancolía.

-

Abre todas las puertas rotas y que entren los amigos

que partan el pan con ganas y compartan el vino

nadie debe quedar afuera porque nace un nuevo día

nadie debe olvidar hermano que compartir nos da la vida.

-

Destapa el techo de chapa y que se cuele el viento fresco

y que si hay lluvia que nos moje, que la lluvia limpia el alma

de amores que no lo fueron y sinsabores muy amargos

y la deja nueva y pura como el lucero muere al alba.

-

Tira afuera todas tus llaves y rompe todos los candados

que nadie debe estar preso en su humilde morada

pues no hay peor ladrón que el sucio miedo a ser robado

ni nada más injusto que una vivienda enrejada.

-

Quita el polvo de la alfombra y pon algunas flores nuevas

Querida, que es primavera, y si es otoño que no falten

algunas hojitas secas en la mesita de noche

y si es invierno prende el fuego y que los leños nos canten.

-

Reza mucho y pide poco y no te quejes demasiado

que si miras con cuidado verás a tu alrededor

que gratis y sin impuestos otro día se te ha dado

respira profundo y lento. Y dale gracias al Señor.

viernes, 10 de septiembre de 2010

La vaquita de San Antonio

La verdad es que nunca pensé que tan cercano al último aliento me fallaría la memoria y se me nublarían recuerdos que una vez creí eternos. Han pasado sin lugar a dudas muchos otoños por mi ventana. Y por esas cosas que no se pueden explicar, tuve la dicha de encontrarte aquel noviembre. Te recuerdo tímida, sentada bajo al árbol de alguna plaza de esta ciudad. Tímida, pero cálida. Así te vi por primera vez.

La valentía para sentarme a tu lado salió de quién sabe dónde. Lo tengo muy presente, porque fue así que comprobé, aún bastante joven, que el mundo pertenece a los locos soñadores sin remedio. Confieso que, gracias a ti y desde entonces, el miedo es sólo una palabra vacía.

Más de cincuenta otoños de seguro, aunque quizás hayan sido más las primaveras.

Hay algo que sin duda no olvido, y es que cierta mañana de verano te llevé a dar un paseo por un parque en las afueras de la ciudad. El nombre se me escapa… Todavía te siento de la mano, y parece que se llena el aire de tu perfume de siempre. Caminamos por un largo sendero y en ese caminar nos conocimos por primera vez. Tú que no dejabas de sonreír, y yo que no podía dejar de mirarte. ¿Te dije alguna vez que eras y eres demasiado hermosa?

Cuando por fin nos decidimos a sentarnos a la sombra de los árboles, con esa inocencia tan pura y tan tuya me regalaste tu primer beso. Si alguna vez el tiempo se detuvo, ha de haber sido aquélla.

Revolviendo el pasto con tus dedos encontraste una vaquita de San Antonio escondida bajo una hoja seca. Con dulzura la colocaste en mi brazo y me dijiste que pidiera un deseo, y así lo hice.

-¿Y qué pediste, Manuel?- dijo María casi en susurros.

Los últimos rayos del sol se colaban como podían a través de la ventana, mientras la noche se iba devorando lentamente el resplandor del ocaso. Desde su silla ubicada al costado de la cama, María logró avistar en el firmamento la luz de la primera estrella.

Los ojos del viejo hombre se cerraron levemente, y sintió como ese aliento tantas veces ignorado de a poco se convertía en un milagro a punto de extinguirse. Hizo un esfuerzo casi sobrenatural por volver a enfocar los ojos de aquélla que aquel noviembre le dio vida a su carne y a sus huesos, y vio en sus ojos la ternura que sólo construye el amor de una vida. Manuel extendió su mano con dificultad hasta tomar la mano de María, y sintió como el aire entraba por última vez a su cuerpo rendido. Entre los surcos de su mejilla se escurrió una gruesa lágrima, y en ese mismo instante se posó sobre su brazo una vaquita de San Antonio.

-Le pedí a Dios, querida, que me llevase antes que a ti…

lunes, 31 de mayo de 2010

Piénsalo dos veces




Si con tu primer amor

te encuentras un día

en el bar de la esquina

al caer el sol

no lo pienses dos veces

invítala a un café

-

y si no la has olvidado

no se lo recuerdes

que no hay cicatrices

que el tiempo no haya curado

ten siempre presente

que no hay dos sin tres

-

aunque el corazón

se haga el distraído

y te cante al oído

la misma canción

y que en tu cama se siente

la melancolía

-

no desees los labios

que no han de curarte la sed

no quieras las manos

que ya no queman tu piel

ni los ojos que no te ven

a través de la copa vacía

-

no te olvides amante

que todo lo bueno es pecado

en su casa, calle deseo

a dos cuadras del bar

y que una copa de vino

también es algo prohibido

-

piénsalo bien dos veces

no vayas a arrepentirte

que si algo quieres decirle

no te hace falta un sillón

ni el fuego de los leños

que engañe al corazón

-

pero si ella te mira a los ojos

te mira y luego sonríe

róbale un beso sin prisas

-

que donde ayer hubo fuego

si aún encendido no sigue

al menos quedan cenizas...

sábado, 1 de mayo de 2010

La noche que apagaste la luna


Hoy me levanté raro. Me levanté con ganas de extrañarte. Y qué rara sensación, amor, cuando uno se siente tan insignificante. Pasó la mañana y no supe nada de vos. ¿Qué te pasa? No seguís mal por lo de ayer, ¿no? Te lo dije ya varias veces: son duros los agites de la vida. Pero todo se resuelve amor, todo a su justo final llega.

Pensá que sos linda y que te quiero tanto. Pensá y regalame una sonrisa en vez de un llanto. Me duelen tus lágrimas, ¿te lo dije? Cortá con tanto sadismo, y te prometo disminuir mis niveles de retórica. Ése es tu problema, nena. No se puede cada día vivir de dolores y penas ajenas. No está bueno que te extrañen, o al menos no es sano pretenderlo.

Bo, contestá el teléfono. ¡Ya son las cuatro! Como te decía amor, hay cosas peores que ésa. Uno tiene que erguirse y levantar cabeza. ¿Viste lo que dice tu abuela? ¡No te achiques! Son pequeños golpes que todos recibimos tarde o temprano. Es que la vida tiene esa maldita puntería de embocarle a la nuca con el palo… Te da donde más te duele, la muy injusta. Igual me tenés a mí, y siempre estoy a tu lado.

No aflojes che, ¡vamos! ¿Las ocho y no estás en casa? ¡Ni tu hermano sabe donde andás! Con estas cosas no se juega amor, me estás preocupando. Esta corazonada tan fea no me hace bien. ¡Dame señales! ¿Por qué camino a la playa? ¿Estás gritando mi nombre? ¡Estoy yendo rápido! ¡Aguantá un cacho! ¿Por dónde nena, por dónde? Ya te encuentro, dame tiempo.

Se me va cerrando el pecho. Qué rambla ventosa, puteo. ¿Por estas escaleras bajo? ¡Vos guiame que yo te encuentro! Seguí llamando mi nombre. No te escucho, no me dejes. No me abandones ahora, no por boludeces. En la playa fría te busco; y no te veo. Esto es un maldito desierto, este lugar nunca se vio tan feo… Por lo menos está esta luna. Me calmo y pienso: que linda noche para abrazarte en las rocas. Corre un vientito tibio, y justo creo que me vuelve el alma al cuerpo.

Pero bajo la mirada y me hielo. Chiquita, no, decime que no es cierto. ¿Qué es esto que va hacia el mar? ¡No, amor, no! Siento que muero. Porque tengo en la boca esta amarga certeza de que esto que estoy viendo son tus huellas en la arena...

jueves, 29 de abril de 2010

El despertar


No me busques

que aún tenemos tiempo

de borrarlo todo

y empezar de cero.

-

No me llames

no me insistas, ruego

parte este verano

si ese es tu deseo…

-

¿Por qué insistes?

¿Que no te das cuenta

que si hubo una ida

siempre habrá una vuelta?

-

¿Que las ilusiones

nos hacen humanos?

¿Que es como una daga

el frío de tus manos?

-

…de tus manos suaves;

de tus manos tersas;

de tus manos dulces,

que en mis labios queman…

-

¿Por qué insistes?

¿Por qué no me dejas?

Vuela hacia otros nidos

Nuevos tiempos,

nuevas tierras

-

que acá sembraste un otoño

de hojas tristes y secas;

un otoño que se me hace invierno

que me agobia,

y que congela…

-

Un invierno que no se acaba

y que no promete primaveras,

primaveras que sólo veré,

el día que ya no te quiera.

No me busques,

-

ya no queda tiempo

ya no queda nada.

Ya por ti no espero…


miércoles, 28 de abril de 2010

Quilombo


Escribo porque quiero las palabras son un juego los sentidos me engañan tus sonrisas me matan tus manos me tiemblan las piernas te adoro como el sol te escondes como una gata me buscas de todas formas te niego aunque me duela te alejo en mi puerta te encuentro solitaria me dices ponele algún puto punto a este quilombo de cicatrices -

Soneto en pausa

-Esta noche te pusiste linda,

linda como la misma noche,

que te guía sin reproches

por una calle sin salida

-

Esta noche te pusiste blanca,

blanca como esta inmensa luna

que me despoja de toda cordura,

si en blancos tonos me encanta

-

Esta noche me miraste distinto.

Mis sentidos tu voz afecta

y no le puedo encontrar la causa

-

Tráiganme ya un buen tinto,

que esta es la noche perfecta

para apretar el botón de pausa.


Encuentros a las seis y veinte


Cada tarde, a las seis y sin apuros, ella prepara su té.

Dos de azúcar y unas gotas de limón, por favor.

Ella vive al este de la bahía, en un quinto piso con buena vista al mar.

-

Cada tarde, a las seis y cuarto y con un poco más de prisa, el prepara su café.

Sin azúcar y sin leche.

Él vive al oeste de la bahía, en un sexto piso con buena vista al mar.

-

Ella es de esas que se toman su tiempo;

de pareo y sandalias en verano,

con pantuflas y bufanda en invierno.

-

A él todo le resulta poco tiempo;

con traje y zapatos en verano,

con traje y zapatos en invierno.

-

Ella prefiere tomar el té en el balcón,

y así también prefiere él su café.

-

A ella le fascinan los cuentos sobre el mar,

los cuadros sin pintar y los colores del atardecer.

Ella siempre quiso recorrer el mundo,

desenterrar historias de tesoros de piratas.

-

A él le preocupa la inflación,

la bolsa de valores y el precio del gas oil.

El siempre quiso vivir un poco más despacio,

respirar un poco más despacio, latir un poco más despacio.

-

Ella no lo conoce a él.

-

Él no la conoce a ella.

-

Y cada tarde, a las seis y veinte,

ambos se sientan en su balcón que mira a la bahía.

A las seis y veinte con ocho o treinta y ocho grados,

con el viento calmo o enfurecido,

pero siempre a las seis y veinte.

-

A ella le gusta la vista de Punta Carretas al atardecer.

Esa punta ventosa, con la ensenada rocosa en la cual

jugó de niña,

prometió amistad de joven,

y juró amor ya de mujer.

-

A él, siempre le gustó mirar hacia el Buceo.

Recordar ese puerto donde solía pasar los domingos de noviembre,

o los sábados de abril.

Ese puerto ventoso que le impregnó de salitre

el pelo cuando niño,

la piel de muchacho,

y las memorias ya de hombre.

-

Y ambos miran fijamente…

Se miran fijamente…

No se ven, pero se miran…

No se oyen pero se escuchan…

No se aman, pero se extrañan…

-

Y cada tarde se repite,

el ritual de las seis y veinte.

Ella con su té, el con su café.

Ella con sus ojos serenos como el mar;

él con su mirada agitada como el mar.

-

Son dos luceros,

dos extremos,

norte y sur,

ying y yang.

-

Son dos puertos,

dos amantes,

dos balcones,

tierra y mar…

-

Así se pasan los minutos,

alguna tarde más de prisa,

otra tarde duran más…

-

Y siempre a las siete menos veinte,

se dicen adiós con un suspiro melancólico,

de quien siente la soledad,

de quien se pierde en los pensamientos

contemplando la infinidad.

-

Hoy es jueves, y como cada jueves,

él llega del trabajo y prepara su café.

Sin azúcar y sin leche.

-

Y como cada día, se sienta en su balcón…

a las seis y veinte.

Y como cada tarde, contempla las luces…

del Buceo a lo lejos.

Y casi de inmediato, nota

la luz de un lejano balcón apagado.

Y entonces lo siente,

y solo se siente, y percibe

que algo cambió.

-

Se siente abandonado,

y el abandono lo invade.

El aire frío de la rambla llena

sus pulmones. Un nudo le oprime

la garganta y una lágrima impregnada de salitre aflora

sin permiso.

-

Ella no está,

y él lo sabe.

Él no la conocía,

pero sí.

Él no la extraña,

pero sí.

-

A las siete menos cuarto,

ya sin esperanzas, regresa

a su despacho a matar las horas

que le restan.

-

Ahora,

cada tarde,

a las seis y veinte,

él se sienta en su balcón que mira a la bahía.

A las seis y veinte con ocho o treinta y ocho

con el viento calmo o enfurecido,

pero siempre a las seis y veinte.

-

Sólo que ahora,

él se prepara un té.

Dos de azúcar y unas gotas de limón,

por favor…

Ilusiones abrigadas



Alguien me dijo una vez,
Que el agua de lluvia
limpia el alma…

Y caen gotas de esperanza,
sobre la ciudad que despierta,
cobijando a sus amantes,
en profundos sueños,
en ilusiones abrigadas,
en añorados encuentros…

Y yo pienso,
y sueño despierto,
recordando e imaginando,
a todos aquéllos que,
como yo la ven caer,
regando árboles desnudos,
que me saludan a lo lejos,
agradecidos por el regalo,
de la vida que se escurre,
desde el azogado manto…

Y escucho esa vieja canción,
que me hace pensar en ti,
y sueño y pienso…
¿Dónde estás?
¿Estarás sentada en tu ventana,
viendo caer la lluvia?

Y entonces te imagino…
mirando las calles inundadas,
de promesas sin cumplir,
que el aguacero arrastra,
y se lleva al mar…
como mensajes en una botella,
esperando, pacientemente,
que un náufrago forastero,
las recoja en sus manos,
y como en plegarias,
como en melódicos cantos,
las vuelva,
tan sólo,
un poco más reales…

Y me pregunto,
¿quién tuviera la dicha
de ser ese afortunado,
que vuelva tus sueños realidad?


Entonces me resigno a ti
como se resigna
el rayo al trueno,
aceptando lo que ya está escrito,
o lo que bien,
inocentes,
escribimos ayer
sin pensarlo demasiado…

Y pienso en esas páginas,
que aguardan
desnudas,
como amantes ocultas
nuevas historias que contarle,
al viajero del nuevo mundo…

Y de repente,
pienso en ella…

Ella está mirando
la lluvia caer en algún sitio…
aquí o allí,
hoy o ayer,
o mañana…

Es ella
a quien espero
cada día,
y que me inspira a seguir,
a buscarla eternamente…

De ella sí
podría ser yo
aquel náufrago forastero…

Aunque ella no lo sepa
es ella,
mi inspiración secreta
mi inmortalidad
mi promesa en esta tierra…

Y por las noches
cuando la imagino
me pregunto…
¿conoceré ya a aquélla
que me arrebate el alma,
con una sonrisa,
o una lágrima?

De pronto lo siento…
Es el viento frío del sur
que hoy me trae un mensaje
que me habla de ti,
y me cuenta,
que ayer te habló de mí…

Y me dice:
ten paciencia
aún eres joven.
Buenas cosas suceden
A aquellos que aguardan…

Y otra vez le creo…

Y sigo viendo la lluvia,
que cae sin descanso…
Y ya no temo al dolor,
de no hallarte jamás
porque ya te tengo
ya eres mía,
aunque no te vea hoy,
sé que anoche,
nos encontramos en un sueño…
y te llevé a pasear,
en el parque y bajo la tormenta
donde te robé aquel beso
que se me aferró alma,
y se me quedó en el pecho,
hasta el alba…

Tranquila.
Ten paciencia…
Algún día,
finalmente nos cruzaremos,
y créeme que ese día,
cuando mire dentro
de la inmensidad de tus pupilas
sabré que eres tú,
mi promesa…
Mi botella en el mar…

Aún cae en la ciudad
la lluvia,
ésa misma que,
alguien me dijo una vez
limpia el alma…