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martes, 14 de junio de 2011

Soy Aries, Aries soy


Soy Aries,

Aries soy…

Aunque recién te conozca

bienvenido a mi casa;

lo que ves es lo que soy,

de lo que tengo

doy.

-

Soy bicho de las montañas:

de subidas empinadas y bajadas

(bruscas bajadas),

pero por los valles

no voy, y solo,

-‘solo’ sin tilde-

contento estoy…

-

Soy perfeccionista

y es que

nací para escalar.

Entendelo,

no me gusta tropezar,

es verdad,

lo acepto.

-

En la cabeza: ¡un escudo!

Oh, ¡qué escudo testarudo!

Mis ideas; mías solas

en mi casa mando yo

y allá, afuera,

a veces,

si puedo,

también…

-

Paseo buscando escorpiones

entre las piedras sueltas

de las colinas

donde reino soberano;

escorpión-citas

rojas y brillantes

que me den trabajo,

que me quieran intimidar

y hacerme morir

de amor.

¡Que me sorprendan!

Si me amenazan

me gusta

Si me matan…

mejor.

-

Los otros bichos creen

que me gusta saltar más

que ellos, bichos,

o subir más

y dejarlos atrás.

¿No saben que a mí

me gusta saltar más

que el último salto que di,

subir más y más alto

que la última vez que subí?

-

¿Tan malo es,

estimados once colegas?

¿Tan difícil

de entender?

-

Y en el camino:

los Amigos.

Oh, los Amigos,

esos no pueden faltar

a la hora de cenar.

Pero soy exigente,

ah sí, no puedo

evitarlo, no lo consigo,

porque

valoro la lealtad

en la gente,

pero repudio el egoísmo.

-

Y qué cosa fea:

la hipocresía.

Y qué cosa deplorable:

la indiferencia.

Qué patético:

que me crean tonto

por como río

pienso o visto…

Mirá que yo río último,

pichón de paloma,

no te creas listo.

-

Soy sencillo y lector.

No nací para lo mediocre.

Ojalá.

-

¿Un paso certero?

Elogiame por mi buen trabajo

¿Un error que condeno?

criticame

sin tener una solución

mejor.

-

¿Te gusta?

Soy Aries

¿No te gusta?

Aries soy

¿Te sirve lo que digo?

¡Bienvenido!

¿No te sirvo?

Uy,

qué

mal…

-

Allá tú contigo.

jueves, 2 de junio de 2011

Los viajes de Sir John Scott II





Sir John Scott, ese mismo inglés que hace aproximadamente un año pisó por primera vez suelo uruguayo, llegó nuevamente a nuestro país el pasado martes por la tarde. Una vez que hubo finalizado la reunión de negocios que fue motivo original de su viaje, luego de una larga ducha en su habitación y tras haberse puesto ropa más cómoda, decidió salir a caminar por los alrededores de su hotel como hace de costumbre.

Pocitos es un barrio sumamente cotizado, donde como bien pudo apreciar el angloparlante, el nivel promedio socioeconómico supera la media del país. Pese a estar acostumbrado al frío, no pudo evitar el arrepentimiento de no haber salido con al menos una bufanda de lana. Y así fue Sir John Scott adentrándose por las calles grises y sinuosas del lugar, y poco a poco observó como los lujosos edificios daban paso a casas no tan doradas pero de un gusto para nada inferior.

El ladrido de un labrador negro lo detuvo a mitad de cuadra, y al mirar al jardín de una casa que parecía abandonada lo vio. Allí estaba el sabueso, acostado con la cabeza en alto mirando a nuestro visitante. A su lado, en una silla de mimbre, sentado estaba un veterano de pelo gris, barba de dos días y botas de cuero.

Fue otro objeto, sin embargo, que llamó profundamente su atención; ahí estaba nuevamente aquel cáliz de lo que parecía ser madera, lleno de una hierba verde y con una especie de artilugio alargado de plata que, por lo que pudo apreciar en su visita anterior al Uruguay, servía para succionar en grupo la infusión resultante de echar agua caliente dentro del cáliz. Allí estaba el mate.

–¿Puedo ayudarlo, caballero? –dijo el veterano con un tono sumamente educado.

–Disculpe, no fue mi intención molestarlo… –respondió Sir John con su español impregnado de acento europeo.

–Descuide. ¿Está perdido? –preguntó el hombre al notar el acento gringo de su interlocutor.

–Estoy recorriendo el barrio. Me llamó la atención ver cómo la mayoría de las personas por aquí toman ese té casi a diario.

–Lo llamamos “mate”. Es una tradición de nuestro país.

I see… –dijo el inglés. –Le molestaría…

–En absoluto –dijo el veterano. –Pase a gusto.

Y así lo hizo Sir John Scott. Vio que el perro había vuelto a apoyar su cabeza sobre sus patas y esto le dio confianza. Cuando llegó al lado del hombre lo saludó con la mano, y pudo casi al instante sentir la piel áspera de la misma.

–Tome asiento, siéntase a gusto. ¿Es usted de Norteamérica?

–Soy inglés. Londinense, para ser más exactos… Sir John Scott, encantado –se presentó con el orgullo que le confería su título de noble.

–Raúl, a las órdenes –dijo el hombre con sencillez.

–Sabe –empezó el inglés, –nosotros también tenemos una tradición muy similar en nuestro país. A diferencia de su “mate”, nosotros tomamos el té, aunque de forma individual. He visto que ustedes lo comparten, pero aún no he entendido por qué es tan popular.

Sir John vio como la expresión en la cara de Raúl se tornaba más seria, similar a la de un maestro cuando el mejor alumno de su clase le hace la exacta pregunta que esperaba obtener. El hombre del pelo gris tomó el mate con ambas manos y lo acercó a su nuevo amigo.

–El mate –comenzó, –ha estado entre nosotros por muchísimas generaciones. Los indios que habitaban nuestra región veían en él propiedades mágicas, tanto que a menudo se hablaba, y aún se habla, del espíritu del mate –. Raúl hizo una breve pausa y acomodó el artefacto de succión inmerso en la hierba verde. –Esto se llama “bombilla”, y la hierba verde es en realidad “yerba”.

Sherbah –repitió Sir John.

–Exacto. El mate es mucho más que un té, compañero –continuó Raúl. –El mate es una propuesta, una invitación. Cuando se ofrece un mate que preparó uno mismo, no sólo se ofrece el mate sino que también se comparte el espíritu –decía mientras vertía el agua caliente cerca de la bombilla. –Cuando uno ceba el mate el mundo se detiene –. La voz del hombre era lenta y profunda. –A medida que se llena el mate de agua y el vapor emana de la yerba caliente, la expectativa crece y se genera una promesa implícita. Darle un mate a un amigo es como invitarlo a entrar en nuestra casa. Y los demás, los que allí se encuentran reunidos, rara vez pueden evitar contemplar la escena con admiración, más aún si se trata de un buen cebador. No importa cuántas veces lo haya visto uno a lo largo de los años, ni cuántas veces hayamos tomado un mate en lo que va del día, ver cebar un mate reconforta el alma del mismo modo que lo hacen las brasas de una estufa a leña encendida en una tarde de invierno. No son pocos los que incluso sienten un ligero chucho de frío…

Sir John Scott escuchaba atónito las palabras de quien para él acababa de convertirse en uno de los hombres más sabios de la historia. Tenía la piel de gallina.

–Nuestros niños desde pequeños y de forma casi inconsciente aprenden a respetar el silencio del momento del mate. Dentro de nuestros corazones, todos sentimos el espíritu de estas tierras que alguna vez fueron charrúas, y cuando se entrega un mate al compañero y él se lleva la bombilla a los labios… –Raúl le pasó su mate al inglés y éste lo tomó. Conteniendo el aire en sus pulmones y lentamente, sin quitar los ojos de la espuma en la yerba verde, Sir John Scott sorbió el agua hasta que los mismos sonidos del mate le avisaron que era hora de detenerse.

–Cuando uno se lleva la bombilla a los labios y toma el mate, esa energía contenida dentro del Santo Grial de los uruguayos nos invade y nos calienta las entrañas. Entonces, cuando finalmente se devuelve el mate al cebador –como bien hizo el inglés –se completa el círculo y se tiene una verdadera comunión. Y lo que el mate une en una rueda de hermanos, Sir John Scott, unido queda…

Al cabo de tres días, ya sentado en el balcón de su apartamento de estilo victoriano con vista a los Jardines de Kensington, Sir John Scott cebó su primer mate solitario a las cinco en punto de la tarde. Y desde ese mismo instante, se prometió a sí mismo en nombre de la Reina, y con su labrador negro a sus pies como único testigo, que nunca más volvería a tomar té.

Salvo que fuera Twinings

lunes, 16 de mayo de 2011

Probabilidades...


CASI NUNCA el miedo a lo incierto nos dejará alguna enseñanza que valga la pena.

MUY DE VEZ EN CUANDO cocinar para uno sabrá mejor que cocinar para dos.

RARA SERÁ LA OCASIÓN en que querrá uno mirarse al espejo y verse tal cual es.

ALGUNAS VECES las cosas que realmente nos apasionan cambiarán con el paso de los años.

FRECUENTEMENTE un libro será un excelente regalo.

CASI SIEMPRE un viaje se convertirá en la mejor de las inversiones.

Pero ETERNAMENTE, y por los siglos de los siglos, la rutina permanecerá como la fiel y silenciosa cómplice de los verdaderamente enamorados…

jueves, 29 de julio de 2010

Sermón que nada contra la corriente...

(suena el teléfono)

- Hola, ¿hijo?

- Sí, papá, ¿Cómo andás?

- Bien, ¿dónde estás?

- En casa de un amigo.

- ¿Haciendo qué?

- Nada, charlando y escuchando un poco de música.

- O sea que haciendo nada… Es la tercera vez esta semana que no te encuentro en casa estudiando. Vos y yo vamos a tener que tener una seria charla hoy de noche.

(más tarde…)

- Sentate, hijo.

- ¿Qué hice ahora?

- Nada, simplemente me preocupa tu futuro. No veo que estés estudiando lo que corresponde. Ayer me llamó tu profesor de latín. Me dijo que te nota ausente.

- ¡Es que me resulta una materia tan inútil!

- Lo entiendo, pero es parte de tu formación profesional. Pensá que en poco y nada estarás yendo a la universidad, y probablemente tengas que conseguir un empleo. Yo trabajo todo el día, lo sé, pero es únicamente para que vos y tu hermana vivan de la mejor manera posible. Por ahí va la mano, ¿no? El trabajo y el estudio son elementales, y sin ellos no hay un futuro que prometa ninguna clase de recompensa. Ya te llegará el momento de escuchar música tanto como te gustaría, pero hay que tener claras las prioridades. ¿Me entendés? Te lo digo por tu bien…

- Sí, papá…

- Nihil sine labore...*

(*Nihil sine labore: locución latina que significa “nada sin esfuerzo”)

¿Y, si por esas cosas de la vida, la situación fuera al revés?

- Hola, ¿papá?

- Sí, hijo, ¿Cómo andás?

- Bien, ¿dónde estás?

- En la oficina.

- ¿Haciendo qué?

- Puf… Un montón de cosas. Estoy lleno de planillas y formularios por doquier.

- O sea que trabajando… Es la quinta vez esta semana que no te encuentro en casa disfrutando de tu tiempo. Vos y yo vamos a tener que tener una seria charla hoy de noche.

(más tarde…)

- Sentate, papá.

- ¿Qué hice ahora?

- Nada, simplemente me preocupa tu presente. No veo que estés disfrutando de la vida como corresponde. Ayer me llamó tu mejor amigo. Me dijo que hace mucho que no se ven.

- ¡Es que ando muy cansado!

- Lo entiendo, pero es parte de tu crecimiento personal. Pensá que en poco y nada los años irán marcando presencia, y probablemente no puedas moverte ni valerte por ti mismo como solías hacerlo. Yo río y canto todo el día, pero es únicamente para que vos y tu esposa aprendan con el ejemplo a aprovechar más cada día y ser un poco más felices. Por ahí va la mano, ¿no? La risa y los amigos son elementales, y sin ellos no hay presente que prometa ninguna clase de recompensa. Ya has estudiado y trabajado lo que correspondía, pero ahora hay que tener claras las prioridades. ¿Me entendés? Te lo digo por tu bien…

- Sí, hijo…

- Carpe diem, papá. Carpe diem

martes, 22 de junio de 2010

Frío inverbal

Invierno, estufa a leña, amaneceres gélidos, helada en los pastos, frazadas tibias, tus manos frías, tu recuerdo cálido y mis pies helados. El viento del sur en la ventana del norte, el cielo y las estrellas tiritando, mis manos temblando y tus labios, chocolate caliente y conversaciones, tiempo, fútbol, mundiales y ansiedad, caminos no a Roma y hojas sí resecas. Muchas hojas resecas en Pocitos. Menos día y más noche. Y qué noches. Y una grapa, una peli en el sofá y los vidrios empañados. Y los amigos y las chicas de los amigos, y las chicas propias y las ajenas. Y las ganas y las dudas, verdades crudas y mentiras de hielo. Nieve, pero no acá. Sí el patinaje sobre hielo. En Rivera la humedad, el viento por estos pagos. Y por estos pagos también la música, el jazz y Michael Bubble. Alfombras suaves, almohadas mullidas y camas arropadas. Baños de agua harto caliente, deportes sin calor pero ejercicio al fin con mi raqueta. Y Wimbledon. Un sol fantasma y una bruma fina en la noche implacable. Bruma fina y tan densa a la vez. Un libro en mi mesa de luz y la veladora encendida. La abuela, las agujas y la lana, las tostadas y las lentejas, ¿con azúcar mijo? Mi campera preferida y las bufandas y guantes, y la esporádica llovizna triste, pero para mí alegría. Y Sabina y Lost y Hershey’s con castañas. Schleiermacher por la tarde y mis escritos por la noche. El calor de las fotos, el olor a mermelada y el dolor de un golpe en seco. Y esta gran ausencia de movimiento y verbos conjugados. Y qué feliz yo en invierno. Bienvenido amigo de cuatro lustros.

domingo, 20 de junio de 2010

El exilio de las ideas

INTRODUCCIÓN

No pretendo hacer de este relato una crónica de carácter histórico ni mucho menos. Un atrevimiento, eso sería de mi parte, adjudicarme el derecho de narrar u opinar sobre la historia y los hechos de una nación, cuando ni siquiera puedo decir que los viví en carne propia, ya que lo que me dispongo a contarles ocurrió allá por 1976 en mi ciudad natal. Sí, eso lo afirmo, y con orgullo. Soy montevideano y riverense, del sur y del norte, de la playa y de los cerros chatos. Soy pseudo-escritor, pero no historiador. Sin embargo, sí lo fue la persona en la cual se centra la historia que estoy apunto de narrarles. Historia que por los azares –a veces inexplicables- de la inspiración me decidí a titular:

-

El exilio de las ideas

-

La mañana fresca y soleada se descubría en el cielo de la capital, prometiendo una temperatura agradable para lo que restaba de la jornada. Una mañana que desde el primer despunte de luz pescó a Lucía con los ojos como el dos de oro, sin consuelo del sueño y resecos por el desvelo. A Luis ya se lo habían llevado. Su marido era presidente en la Junta Departamental. Lucía, por su parte, dictaba clases de historia en la Facultad de Humanidades. Comunista él. Comunista ella.

No había pasado mucho tiempo desde que lo habían apresado a Luis. Eran tiempos difíciles, manchones negros retintos en la historia de nuestro país. Tiempos de desconfianza hasta del hijo propio, o del padre. Tiempos de secretismo y complots, de guerras de pólvora y de intelectos, de izquierdas y de derechas, de fachas y de bolches, de uniformes y de fugitivos. Y ella temía. Temía por sí misma y por su hijo Daniel, que aún no llegaba a la mayoría de edad. Él no era comunista, sino algo peor aún: hijo de comunistas. Traía las ideas neoliberales desde la cuna, o mejor dicho desde el vientre materno; ideas anarcas, revolucionarias y todo eso... Y ella temía. Temía por él, por su seguridad y su libertad.

Fue así que Lucía determinó su autoexilio y el de su hijo. La disyuntiva estaba clarísima: o salía del país para no volver a entrar, o se quedaba encerrada en su país para no salir más. El contacto ya estaba hecho. La esperaba el mismísimo embajador en la Embajada de México, donde le había confirmado que recibiría asilo transitorio hasta que pudiera partir finalmente a México. Debería ser puntual y llegar a las once de la mañana, ni antes ni después.

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Hago una breve pausa en mi relato para, me nace la expresión en inglés, “shed some light” sobre los hechos, dicho de otro modo, clarificarlos. En esta historia no hay buenos y malos, justicieros y criminales o vencidos y vencedores. Lo que acá les cuento trata acerca de realidades, de supresiones y de espíritus fuertes, de pájaros que simplemente se rehúsan a la jaula. Y por más grande que pueda ser una jaula, sólo es al fin de cuentas una jaula, un espejismo, una quimera de libertad. O se es libre o no se es libre. Solía pensar cuando niño en el zoológico que las águilas en las grandes jaulas eran más libres que los canarios en las pequeñas. Solía pensarlo. Hoy creo que, o el pensamiento galopa libre por el campo, o se lo reprime y termina por ahogarse en su propio deseo de independencia. No sé qué creeré mañana. No juzgo como espero no ser juzgado. No tomo partidos, ni “riva bianca” ni “riva nera”. Ahora sí continúo con el relato…

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Hacía ya varios días que Lucía se escondía en casa de sus dos primas, la primera de sangre y la segunda política, mi tía abuela y mi abuela, respectivamente. Se encontraba allí también su hermana Ñurka. Me cuenta mi abuela que alrededor de las diez comenzó la parte más cruda: el adiós. Me cuenta con lágrimas que asoman con disimulo los largos minutos de abrazos interminables y llantos y últimos besos. Porque en el alma de un pueblo las dictaduras son eternas y no prometen finales, sin que esto mate del todo la esperanza de algunos hombres. Y mujeres. Me cuenta de los nervios y el miedo de no saber si volverían a ver a Lucía, o lo que es aún peor, de no tener ni la más remota garantía de que lograría llegar sana y salva a la embajada. Y veo en sus ojos, en los de la abuela, los ojos de las personas a las que el recuerdo les aprieta el alma y les estruja el pecho. Ese revivir sabores amargos al revolver lo que ya saben…

La situación hacía que todas las medidas de seguridad fueran pocas. Ni los vecinos, que en aquel entonces tenían otro significado, podían saber qué sucedía. Sin embargo había alguna que otra vecina que, pese a conocer el paradero de la buscada, supo echarle correa a la lengua y tragarse las ganas y las dudas. Es que siempre hubo, hay y habrá buenos vecinos.

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Fue por esa inseguridad ambiente que Lucía vestía aquella mañana cálida de otoño una peluca rubia con olor a placard viejo y un sombrero de verano. Me gusta pensar, de atrevido, que se la colocó su prima mayor, mi tía, frente al espejo que hoy tengo en mi cuarto, como una madre que viste de novia a su hija antes del gran “Sí”. Lucía sentada y ella de pie arreglándole los mechones de pelo más oscuro que le huían a la mentira. Me gusta imaginarlas a ambas mirándose a los ojos en el espejo, Lucía con la mirada intranquila pero intentando aparentar que todo estaba bien, y mi tía con ojos que decían: “Cuidate. Yo sé que vas a estar bien. Rezaremos por ti. Te quiero.”

Pasadas las despedidas y una vez que se secaron las lágrimas abrieron la puerta blanca de hierro. En el jardín la recibía la planta grande de flor de pajarito, y el portoncito, cerrado, parecía decirle “No te vayas”. Lucía se alejó de la puerta en dirección a la vereda, y como el portoncito no quería darle paso tuvo que saltar sobre el pequeño muro. Las otras tres mujeres permanecieron inmóviles en el umbral de la puerta, sin mediar palabra y conteniendo la respiración.

Allá iba Lucía, mujer e historiadora, madre e hija. Allá iba una mujer con la cabeza en alto y las ideas claras, sin maletas ni ataduras más que las del sentimiento. Cruzaba la calle Rubens cuando oyó un ladrido que la sobresaltó. Era sólo un perro. Y Lucía siguió caminando en dirección a la esquina de Atlántico y Rubens, quizá con lágrimas en los ojos sin querer mirar atrás, o quizá con los ojos secos y el cuerpo fuerte porque su grandeza, su valentía y principalmente su fe le decían que volvería a ver aquella flor de pajarito bajo soles más vivos. Pero ahora era cuestión de llegar a Avenida Italia para tomar un taxi. El taxi de la libertad. El del nunca más.

-

Me cuenta mi abuela que jamás se dio la vuelta, primero porque ojos que no ven corazón que no se arrepiente, y además por la seguridad de la maniobra. Sé que Lucía llegó a la esquina, y me dice la abuela que antes de doblar levantó la mano, se acomodó la peluca y, por un segundo, en ese saludo encubierto, Lucía dijo adiós a su país, a su familia y a sus raíces, pero no a su orgullo y, definitivamente, no a su dignidad.

miércoles, 16 de junio de 2010

Un inglés en Montevideo


Sir John Scott llegó a Uruguay apenas pasado el mediodía. Le llamó la atención, cuando su avión aún se encontraba en ruta de aproximación, el oír a los pilotos de PLUNA decir en un inglés más bien rústico que se habían suspendido las comunicaciones con la torre de control. En cambio, procederían a sintonizar una radio que, si mal no escuchó, se llamaba Sport 890.

Mayor aún fue su sorpresa al aterrizar en la pequeña nueva joyita aeroportuaria de Carrasco. Se encontró un aeropuerto virtualmente desierto, con un por demás bajo número de personal en los puestos de check-in y migraciones. Sir Scott confirmó lo anormal de la situación cuando entró al sanitario: el papel higiénico era sky-blue

Al salir de la terminal de arribos las irregularidades continuaron. Descubrió que no sólo no había taxis o remises, sino que los buses pasaban de forma sumamente intermitente y portando una bandera uruguaya al frente. Todo indicaba que era un día festivo, probablemente la conmemoración de la declaratoria de la independencia o algo por el estilo… Y sin embargo todos en el ómnibus, chofer y guarda incluidos, llevaban puestos un par de auriculares.

No sino tras varios percances logró Sir Scott llegar al Hotel Sheraton, donde, ya sin sorprenderse demasiado, encontró la recepción despoblada. Fue entonces que decidió comenzar una carta a su esposa en Londres, escribiendo lo que humildemente traduzco a continuación:

Wednesday 16th June, 2010

Mi querido pastelito de calabacín,

Mi recibimiento en este país sudamericano rodeado por gigantes ha sido, si se me permite, bochornoso. Al llegar a mi hotel he encontrado la recepción vacía, y luego he descubierto a todos los empleados sentados en las mesas del restaurante de la planta baja bebiendo lo que parece ser una infusión de hierba verde e hipnotizados frente a la pantalla LCD. Fue entonces que descubrí que a las 3.30pm comenzaba el partido de Uruguay en la Copa del Mundo (aunque temo decir, cariño, que pese a ser una ex-colonia nuestra, en Sudáfrica no son tan puntuales como en England, ya que, por lo que pude apreciar, el partido no comenzó sino hasta las 3.33pm).

Sumamente molesto y ofendido por la falta de atención hacia mi persona me decidí a dar una vuelta por el Shopping Centre. Y resulta que estaba cerrado. A primera vista, todo Montevideo parecía un pueblo fantasma. Las calles estaban desiertas… Sin embargo, no pasó mucho hasta que me percaté del paradero de los pobladores. Había concentraciones masivas de personas en los bares de cada esquina de la capital, y provenientes de las casas alcancé a oír murmullos y gritos aislados que se filtraban por las ventanas cerradas.

Sin saber qué hacer en mi tiempo libre opté por dirigirme a alguna iglesia a rezar, como tú bien sabes hago siempre que arribo sano y salvo a destino. En el camino comencé a dudar seriamente de mi buen juicio, puesto que podría jurar que un grupo de perros ladraban al unísono, no el guau guau como se estila en otros sitios, sino algo que más bien sonaba a for lán for lán. Hice de esto caso omiso, asumiendo que era algún efecto resultante del jetlag y de las copas que bebí en el vuelo. Así continué mi camino por las embanderadas calles.

No puedo negar que me resultó un tanto molesta la persistente imagen del mismo caballero en las publicidades de Claro, Oca, Santander, Abitab, etcétera, etcétera, etcétera. Me enteré hace un rato que se llama Lugano…

Cuando llegué a la iglesia se me vino el corazón a los pies. ¡Jamás había visto herejía semejante! En lugar de la imagen de Jesús en la cruz se encontraba un muchacho de pelo largo vistiendo una camiseta con el número 13, y en vez de la esperada inscripción de I.N.R.I pude apreciar que se leía L.O.C.O. (‘crazy’ en inglés). Los fieles habían desaparecido, el párroco estaba sentado con los pies apoyados sobre el altar escuchando la bendita 890 y en lugar del Vía Crucis se exhibían las diapositivas del gol que llevó a Uruguay a clasificar para Sudáfrica 2010. Irritado por semejante blasfemia resolví volver al hotel, donde quizás en mi habitación podría descansar.

Como si todo esto fuera poco, pude apreciar de regreso al Sheraton un comportamiento extrañísimo por parte de las hojas secas, que parecían caer de los árboles más lentamente que de costumbre, asomándose en el trayecto a las ventanas de los bares con la vaga esperanza de ver un gol en Pretoria… No cariño, no estoy perdiendo la cordura…

Imagino que no te extrañarás si te digo que cuando, finalmente acostado en la cama me disponía a ver algún film en la TV, tuve el desagrado de notar que el partido no sólo era trasmitido por los canales de aire, sino que también lo estaban pasando en todas las cadenas de TV: HBO, CNN, ESPN, Discovery Channel, Animal Planet, y ¡hasta en la BBC!

Lo que aún no me queda claro es si hoy se jugaba un partido de la primera ronda o la final de la copa, ya que los festejos posteriores al 3 a 0 con victoria uruguaya fueron por demás excesivos…

Cariño, en unas horas embarcaré de vuelta, esta vez en un confortante vuelo de nuestra querida British Airways. Y si bien no puedo afirmar categóricamente que mi español en esta jornada se haya visto perfeccionado, sí aprendí una frase que por aquí, si no me equivoco, equivale a nuestro “please”. Es algo así como: “soy celestey, celestey soy yo”

Yours,

John.